Los líderes se mantienen hambrientos

Los líderes se mantienen hambrientos

Drucker pensaba que uno de los defectos más peligrosos del líder es la tendencia a encariñarse con los éxitos del pasado. Pensaba que lo mejor es lo que está por venir.

En uno de sus libros escribió: “Hay que recordar y valorar lo que hemos hecho, pero hay que mirar adelante. Los verdaderos líderes son los que acarician el futuro, no el pasado. No viven de recuerdos, sino de sueños.”

Para constatar este hecho, Jim Collins cuenta una anécdota. Dice que un día le solicitó a Peter Drucker una entrevista. Drucker se la concede y le cita en su oficina. Lo primero que le sorprendió a Collins es que el profesor Peter Drucker, el gran consultor del siglo XX, no tenía ni secretaria, ni asistente. Apenas tenía un cuaderno viejo que usaba como agenda. La oficina estaba en el sótano de su casa, tenía un modesto escritorio y pese a que las computadoras de oficina ya eran populares, Drucker prefería una vieja máquina de escribir.

Profesor Drucker – pregunta Collins – usted ha escrito más de 30 libros, todos son un éxito, pero digamos algo. De todos ellos, ¿cuál es su favorito?

El próximo que publicaré. Ya lo estoy terminando. – le responde el maestro.

Esa es la primera lección de liderazgo: los líderes se mantienen hambrientos.

La segunda lección tiene que ver con el ego. Los líderes necesitan más humildad y menos soberbia. Los verdaderos líderes no buscan aplausos, ni que los inflen. No quieren promoción para ellos, sino para sus negocios. No quieren elogios, quieren resultados. Y detectar el ego es relativamente sencillo. El ego se ve reflejado en los pequeños detalles.

He aquí una pequeña historia. La cuenta Jim Collins:

“Una vez acompañé al profesor Drucker y a su esposa a una conocida universidad. Drucker estaba en la cúspide de su carrera y dictaría una conferencia sobre innovación. Muchas revistas especializadas ya le consideraban un gurú, un verdadero referente. Recuerdo que el profesor Drucker terminó su participación, se acercó a su esposa y discretamente le preguntó: ¿que nos faltó? Drucker no preguntó: ¿qué tal estuve? ¿Qué tal salió? ¿Qué tal lo hice? No, sus preguntas no buscaban satisfacer su ego. Él preguntaba: ¿que nos faltó? Era una pregunta que venía desde la humildad y abría paso al crecimiento. Daba por sentado que podía hacerlo mejor.”

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